Creando cuenta de usuario xIntroduce los datos para tu nueva cuenta en resultados-futbol.com
El nombre de usuario debe de tener entre 4 y 16 caracteres Ya existe un usuario con ese nombre El correo electrónico no es válido Ya existe un usuario con este correo electrónico * La contraseña debe tener como mínimo 6 caracteres * Las contraseñas no coinciden |
||||
Iniciar Sesión xRegistra un usuario ó inicia sesión si ya tienes cuenta. Recordar contraseña
El nombre de usuario debe de tener entre 4 y 16 caracteres Ya existe un usuario con ese nombre El correo electrónico no es válido Ya existe un usuario con este correo electrónico * La contraseña debe tener como mínimo 6 caracteres * Las contraseñas no coinciden |
||
Votos de esta noticia x
Votos a favor: 3
Denuncias: 0
Votos anónimos: 0
Votos de usuarios: 3
|
||
Entre el rico vocabulario que los argentinos han brindado al fútbol, hay una palabra que define a la perfección a Pablo César Aimar: pelotero. Passarella, que era director técnico de River cuando 'el Payasito' ingresó en la academia de los millonarios, siempre decía que Aimar odiaba las porterías porque significaban el final del campo, el final del juego. Pablo nunca jugó para ganar, nadie dirá que es un competidor. Aimar, simplemente, juega por el placer de jugar, sin importarle si el partido es un amistoso o la final de un Mundial. Y probablemente sea eso lo que le une al mejor jugador del mundo, Leo Messi, que nunca duda en reconocer que Aimar siempre ha sido su ídolo y modelo a seguir.
Hijo del último Mundial que conquistó Argentina, allá por el año 78, Pablo mamó pelota desde bien chico. De padre futbolista, en Rio Cuarto nació su gusto por el balón y, como Messi, optó por probar suerte en River. No hace falta que busquen ustedes imágenes de esa época, basta con verle jugar ahora, porque para él nada ha cambiado desde entonces. Solo un chico tan auténtico podía meterse en el bolsillo a una afición que aún añoraba al mítico Enzo Francescoli sobre el pasto del Monumental.
"Mamá, agrandé a los pibes". Así tituló el diario Olé la crónica del primer Boca-River que jugó el ídolo de Messi. ?Vos la rompe?, decía Clarín. Pero Aimar nunca la rompió solo. Porque Pablo es del club de Kukoc, de los que disfrutan más con la asistencia que con el gol. Su socio en River no era otro que Javier Saviola. El "Conejo" perdió la cuenta de los goles que le entregó Aimar. Fue la época en la que Javier parecía el mejor delantero de Argentina, aprovechando que "el Payasito" siempre la devuelve mejor de lo que tú se la entregaste.
Antes de cruzar el charco en el que tantos pronosticaron que se ahogaría, el mundo de la pelota descubrió a Aimar en el Mundial sub-20 de la mano de José Pekerman. Fue entonces cuando el mundo descubrió a Aimar. Pablo jugó el campeonato como jugaba en Rio Cuarto, acompañado por otro pelotero de imprenta: Juan Román Riquelme.
Y llegó el momento de venir a Europa. Aimar llegó a Valencia. Cambió el Monumental por Mestalla, una hinchada exigente que te mata si no bajas el trasero cuando toca defender. Otro, para triunfar, se hubiese adaptado. Pero a Pablo eso siempre le dio igual, siguió a lo suyo, jugando sin porterías. Para la memoria queda la jugada que lo retrata: el juego le lleva a la banda y un rival le encima, lo aprieta sin dejarle girar. Entonces, Pablo acaricia la pelota con la planta del pie y la pasa por debajo de las piernas del contrario mientras mira a la grada tomando su pequeña dosis de ego. No era una acción definitiva, no buscaba necesariamente el gol; solo era bonita, era diferente, disfrutaba ejecutándola.
Pablo Aimar, futbolero más que futbolista, nunca traiciona sus principios. La persona siempre acompañó al jugador. Discreto, tranquilo, ajeno a todo, Pablo solo la pisa, combina, juega y hace jugar. No le busquen en las fotos de las celebraciones.
Pablo nunca perdió de vista la pelota, no se dejó llevar por la marea. Por eso no le hace falta el reconocimiento de la gente. Por eso le hacían llorar las lesiones, que tantas veces le quitaron la ilusión. No porque le fastidiaron contratos millonarios, sino porque dejaron sus días vacíos de fútbol.
A sus 32 años, sigue siendo ese niño que se niega a crecer. Un chico que no quiere pensar que lo importante es el marcador. Sigue jugando, sigue disfrutando, sin hacer caso de las porterías. Sigue siendo, el discreto ídolo de Leo Messi.
